24 de diciembre de 2013

Cuando haya pasado el invierno

Me piden mi opinión sobre el aborto. Me resisto a darla (*) porque estamos hablando de una cuestión política candente y la política, entendida como la batalla campal entre ellos y nosotros, es la muerte del pensar —que diría cierto filósofo y/o paseante subidito de tono. Allí donde los bandos están delimitados como hinchadas de baloncesto frente a frente, cinco juegan en cancha y el resto grita «De-fensa, De-fensa», la lechuza de Minerva llega tarde, no por falta de interés sino miedo a la extinción. Los cazadores furtivos abundan en estas tierras, fértiles en sesgos, abonadas por demagogos, donde más vale un silencio cómplice que cientos de palabras sin incidencia comprobada en las opiniones existentes. Es la hora de pasar a la acción. Manifestaciones, parroquias o consejos de ministros, redacciones de periódicos también, no son lugares para decir esta boca es mía. No es país para filósofos. Aquí hasta para hablar del sistema de carreteras reparten carnés de partido. Prefiero delegar mi parecer que discutir con estrategas que solo dudan entre tomar la Bastilla o el Palacio de Invierno. Llámenme cuando haya pasado la Navidad, ¿quieren?

Dicho esto, ¿qué pueden aportar las razones a la manifiesta incomprensión entre los abortistas y los pro-vida? Nada salvo indicar que «Hace buen tiempo, ¿no cree?» no es una respuesta a «¿Dónde diantre enterraste el cadáver de mi hermana?», en todo caso una sutil forma de desviar el tema. Que las preguntas vengan sesgadas y cargadas de supuestos no exime a los contertulios de responderlas, por ejemplo diciendo «Cadáver serás tú» o «Pero si no tienes hermana», enunciados dialécticamente poderosos. Y del mismo modo, en el debate sobre el aborto, que uno sea el paladín del progreso hacia un mundo mejor y el otro bando tenga facha de botafumeiro & emprendasaurio (**) no exime a los hunos y a los hotros de la necesidad de entenderse. En vistas a facilitar la comunicación, si es que alguien quisiera comunicar argumentos en lugar de reforzar su posición ideológica en algún futuro remoto, aquí van dos lemas, uno pro-vida y otro abortista, vertidos a un lenguaje que sospecho compartido, el lenguaje de los derechos, aspirando a tanta neutralidad como este blog pueda en valorar los pros y los contras.
«La vida es sagrada» puede querer decir (i) que el debate versa sobre la extensión del conjunto llamado ciudadanía, esto es, la clase de intereses individuales y colectivos sujetos a protección jurídica; (ii) que tener un código genético distintivo cualifica para formar parte de semejante comunidad política; (iii) ergo aborto = homicidio. Entre las virtudes de esta defensa acérrima de la diversidad genética destaca el otorgar cierta relevancia normativa a los grandes parias de todas las tierras, las entidades orgánicas sin conciencia, que suelen carecer de protección jurídica —y a mi juicio así tendrían que seguir, desde una perspectiva individualista y sensocentrista, hasta que resultara demostrable la posesión de sensibilidad de los organismos en cuestión. Ahora bien, entre las incoherencias de esta posición se cuenta que la mayoría de sus defensores profesen ideologías que pasan olímpicamente de la vida buena cuando esta tiene lugar fuera del útero materno humano. Recordemos que los demás animales también tienen ADN. O como dice el cómico George Carlin: «¿Por qué se llama aborto si somos nosotros y si es una gallina se llama tortilla (***)

«Nosotras parimos, nosotras decidimos» puede querer decir (a) que el debate versa sobre el alcance del derecho natural a la autoposesión, esto es, hasta qué punto un individuo consciente es propietario exclusivo de su cuerpo y aquellos productos derivados o vinculados con él; (b) que nadie tiene la autoridad legítima para imponer límites a semejante derecho; (c) ergo legislar sobre el aborto = injerir en la propiedad privada. Entre las virtudes de esta defensa del individuo propietario destaca el otorgar cierta relevancia normativa a la ruleta de la dotación natural, uno no elige formar parte del grupo que decide acerca de la reproducción de nuestra especie, o naces mujer y quedas preñada o estás fuera en la gestión ese bien común que los poetas llaman «Los Lectores Porvenir» o «La Posteridad» cuando intentan colocar sus poemarios en editoriales comarcales. Ahora bien, entre las incoherencias de esta posición se cuenta que la mayoría de sus defensores ignoren con entusiasmo  el derecho a decidir cuando son bienes comunes de carácter económico los que están en idéntico régimen de propiedad privada por una combinación igualmente arbitraria de ruleta del destino + desliz entre varios. O como podría haber dicho Emilio Botín

—Nosotros invertimos, nosotros decidimos
—¿Y si os suben los impuestos?
—Nos vemos en Londres, socio.
____________________________________________________

(*)  Para exhibir mi pedigrí, evitando insultos y desafueros, no vayan a tacharme de progre blando o conciliador apolítico, aquí van unos apuntes de opinión personal:

La capacidad de experimentar placer o dolor físicos es el criterio moral que suelo aplicar para discriminar entre las entidades que tienen derechos en sentido moral y las que no. Y entiendo que la conciencia sensible empieza cuando se centralizan en el cerebro las experiencias percibidas por el sistema central nervioso. Ello no quita que un embrión o el Parque de Doñana terminen protegidos en tanto que entidades cargadas de valor para terceros. Y entiendo por terceros a los propietarios en el sentido normativo: la madre y todos nosotros, respetivamente, que tanto nos gustan los bichos y pagamos impuestos para mantener la biodiversidad, o lo que sea. Ambos criterios (el aristotélico y el propietario) deben tomar en cuenta el conocimiento biológico disponible, esto es, establecer con prudencia la demarcación aceptando que nuestro saber es relativo, sí, pero muchas revoluciones kuhnianas se necesitan para demostrar que ese alien uterino siente de verdad hasta cierta semana (no pienso mojarme diciendo cuántas porque tampoco quisiera alargar mucho más el debate). La vaguedad epistémica, la continuidad ontológica y el problema del sorites están en todos los debates morales enjundiosos, así que ningún problema con ser aristotélico o talmudiano en este caso. El criterio moral parece común a muchos y la evidencia empírica bastante analizada. Opino que mejor una demarcación difuminada cara a tomar decisiones que ningún principio normativo en absoluto.

(**)     Emprendasaurio, ria.
(Del lat: prehendere, atrapar. Y del  gr: σαῦρος, lagarto.)
  1. m. y f. Dícese del emprendedor avant la letre. Que emprende con resolución acciones dificultosas o azarosas o en peligro de extinción. Capitalista ultraviejuno (‖ persona entrada en años). Tiene algo más que una puta pyme.
(***)   Más sobre Óvulos & Huevos aquí

22 de diciembre de 2013

Mucha Policía, Mucha Colección

La alianza tácita entre el Estado policial español
y la enésima encarnación del bienalismo madrileño.

Es habitual equiparar el ocio madrileño con el de Mordor. Los analistas culturales suelen situar la capital en una pendiente deslizante que lleva desde una Transición fantabulosa hasta el inmaculado proyecto de Eurovegas, saludado en primera instancia como la redención económica que necesitamos según Herman Tertsch, en última instancia criticado por el mismo que viste y calza en tanto que ponzoña viciosa nefanda. A ambos lados del espectro político deslumbra por su ausencia la coherencia argumental, pues si el discurso de derechas maneja con soltura los arcanos de la alquimia narrativa, en el decurso de unas pocas horas el chanchulleo legislativo y la inversión extranjera devienen en la fuente de todos los males del Reino, también la izquierda oficialista adolece de similares incongruencias.

Cuadrar el círculo es señalar Madrid como una ciudad decadente donde campa a sus anchas la filosofía del relaxing café con leche mientras a los curiosos les faltan dedos en la mano para enumerar la cantidad de eventos culturales de asistencia obligatoria que tiene lugar año tras año. En las artes plásticas resulta incluso preocupante la tendencia contraria a la indicada por los agoreros, la concentración del entramado galerístico en la calle Doctor Furquet, en los alrededores del Reina Sofía, pronostica malos tiempos para las demás ciudades. Si el mercado artístico es un juego de suma cero, una vez dada cierta clase limitada de consumidores potenciales, las de ganar las lleva por ahora cierto lugar de la Mancha.

Así pues, ¿cuántas ferias anuales son precisas para satisfacer la demanda de los coleccionistas madrileños? ¿Cuánto tiempo podemos mantener en paralelo la enésima llamada a circunvalar el Congreso y el bienalismo trasnochado para disfrute de ancianas abrigadas a base de chinchilla desollada? Mis sesos volvían sobre estos temas mientras admiraba sonriendo entre dientes el cordón policial montado en torno a Casa Arte, la cuarta o quinta mejor feria del año, bajo la custodia de los perros del Estado ante la amenaza de un eventual sabotaje indignado con motivo del 14D, jornada de lucha contra la reforma del Código Penal. Tengo que decir que hubiera donado mi hígado a la ciencia con tal de haber visto el encuentro milagroso entre las mencionadas coleccionistas enfundadas en bichitos en peligro de extinción y una activista haciendo topless, imagen del día otra vez para Femen. El milagro sin embargo no tuvo lugar para desgracia del voyeurismo y del contribuyente que subvenciona religiosamente con sus impuestos los escarceos represivos de las unidades policiales del Estado, cuyas leyes ahora están blindadas contra las mayorías silenciosas que previamente fueron silenciadas.
Total, ¿qué merece la pena destacar en Casa Arte? En la berlinesa galería Invaliden rápidamente llamaron mi atención los dibujos de Inken Reinert sobre la relación existente entre las gráficas de un electrocardiograma y ciertos trazos de tinta que simulan figuras naturales; esta superposición comprende la hoja en blanco como una partitura ya cargada de estructura y significado, en lugar de un abismo listo para colmarlo de subjetividad. También me fascinó la naturaleza reticular de las superficies engarzadas por María García Ibáñez para AJG Contemporánea. En una feria llena hasta las trancas de reflexiones geométricas su tratamiento colorista del espacio (hablamos de nodos fractales conectados entre sí como una red de arcoiris) destaca por su belleza dentro del conjunto. Las fotografías de Tania Parceros en Blanca Berlín también destacan, no solo gracias a la calidad intrínseca de las mismas, sino además porque buenas fotos suele haber las justas en una feria como esta, orientada sobre todo a los coleccionistas particulares que no tuvieron suficiente con el resto de ferias de 2013, ya sea por falta de dinero para comprar en las ferias grandes, por culpa del consumismo pendenciero o porque tienen que hace la declaración de la renta pronto y quieren atenerse a la exención fiscal propia del mecenas, pero el caso es que el consumidor prototípico de Casa Arte prefiere las manualidades singulares e irrepetibles, preferentemente pictóricas.


La propuesta artística que tiene mayor potencial simbólico corre a cuenta de Blanca Soto, quien presenta una intervención site specific sobre las guerrillas colombianas financiada desde Intermon Oxfam. Menu, la pieza de Manuel Barrero, plantea una reflexión acerca de la mercantilización de los bienes comunes, la conversión del civismo en moneda de cambio, ese momento en que termina siendo remunerado aquello que la sociedad presupone como actividad espontánea. Hablamos de la denuncia pública como instrumento democrático para la implicación ciudadana en la regulación normativa de la sociedad. Claro que esta reflexión tiene lugar en el contexto de Colombia, donde las razones del Estado y la propia identidad de los enemigos de la sociedad resultan ciertamente problemáticas. Yo he conocido un oficial del ejército colombiano cuya tropa estaba forzada a declarar su posición cada 15 minutos para evitar falsas atribuciones: asesinatos de campesinos realizados por paramilitares, o por los propios soldados regulares, que luego endiñaban los cadáveres a la guerrilla (o viceversa). Menu habla de todo esto, como digo: una instalación que entiende las leyes introducidas en 2005 por el gobierno para perseguir a la guerrilla, pagando en metálico a los delatores que ayudaran a desmantelar comandos, un menú de sangre que solo podría llegar a zanjarse mediante el recurso a una justicia sostenida sobre la verdad. Por desgracia, auctoritas non veritas facit legem.

20 de diciembre de 2013

Desayuno con Embriones

[Recupero este artículo publicado en El Sindicato durante la primavera de 2012 con el objetivo de estimular el debate teórico y el intercambio de argumentos sobre el aborto. Como dijo el cómico George Carlin: «¿Por qué se llama aborto si somos nosotros y si es una gallina se llama tortilla Y yo añado: «¿Para cuando hacernos unos bocatas de embriones revueltos con pimiento?» Ya estamos tardando.]  
En enero de este año [2012] se implantó una normativa europea que obliga a mejorar las condiciones de las gallinas ponedoras. Este tipo de legislación en el sector de la alimentación resulta —dicho sea de paso— bastante acorde con la penetración en Occidente de un saludable sentido común favorable a la consideración del bienestar animal, bien sea por razones morales (antiespecismo normativo), bien sea por consideraciones estéticas (simpatía contemplativa). Sin embargo, esta medida concreta solo puede resultar insuficiente para los primeros y decepcionante para los segundos. Por un lado, los defensores de una consideración imparcial de los intereses de todas las criaturas sensibles difícilmente se sentirán —nunca mejor dicho— representados en una directiva gubernamental tan pusilánime, que contempla un miserable aumento de la superficie disponible por ejemplar hasta los 750 centímetros. Por otro lado, los amantes de los juguetes animados y de las mascotas graciosas que, en palabras de Peter Singer, consideran “que un bebe foca con su piel blanca y suave y sus grandes y redondos ojos merece mayor protección que un gorila, al que le faltan esos atributos”; esos camaradas taaan sensibles —como digo— ya empieza a constatar los costes pecuniarios de su mundo interior. En el sector de la avicultura, la reposición de las jaulas ha supuesto un incremento de los costes de producción y las limitaciones de espacio se han traducido, de forma inmediata, en una reducción de la oferta (que descendió un 22%) y en un incremento de los precios (que aumentaron un 50%).

Mientras esperamos que el precio de los huevos ascienda de forma imparable hasta convertirse en un producto de lujo y ostentación, a la altura de otro tipo de embriones animales como el caviar, solo aptos para el consumo de las clases adineradas y los luchadores de wrestling (percíbase la ironía), algunos tertulianos comienzan a carraspear con fuerza y a elevar el tono de voz para denunciar una medida que juzgan ineficiente, máxime en tiempos de profunda recesión económica, porque supone una severa restricción de la competitividad internacional, y además implica un gravamen adicional sobre la canasta básica de bienes de consumo de los (ya de suyo empobrecidos) hogares europeos. Desde una perspectiva antiespecista cabe reconocer que la carestía es una consecuencia indeseable pero, no obstante, seguir insistiendo que, además de las mejoras en infraestructura avícola, la restricción del consumo y la reducción de la población son medidas necesarias para garantizar un trato equitativo y sostenible de las gallinas ponedoras, acorde con la moralidad realmente existente en Europa que reclama, desde hace tiempo, la politización de las pautas de consumo y, en concreto, la compresión de la comida como campo de batalla. En este sentido, el aumento de los precios hasta niveles prohibitivos es una medida coyuntural que recurre a los instrumentos del mercado o —para ser más exactos— a la herramienta de la oferta para imponer limitaciones en la conducta de los agentes económicos. A falta de una (mayor) autocontención espontánea de la demanda, si los individuos no se comportan en sus intercambios mercantiles conforme a sus principios declarados, es competencia de sus representantes políticos imponer las restricciones gubernamentales pertinentes, conforme a la opinión agregada de la mayoría. Este tipo de restricciones legales, seguirán siendo favorables al compromiso del ciudadano, aunque puedan ser contrarias a la hipocresía del consumidor.



La polémica en torno al precio de los huevos arroja un viejo debate de la ética aplicada: ¿resulta moralmente reprobable el consumo de embriones? Hace apenas unos días se orquestó un debate en Facebook sobre las implicaciones morales de la dieta vegana, a raíz de la publicación de la tercera entrega de Rollo Random en esta misma casa [El Sindicato], que concluyó con la sugerencia de organizar un desayuno a base de “óvulo humano en salsa de helado de semen criogenizado" con “cordón umbilical en salsa de almíbar como postre”. Antonio J. Rodríguez formuló esta propuesta en tono de provocación a modo de reductio ad absurdum de la defensa convencional de la dieta omnívora; una mezcla de relativismo moral, conformismo gastronómico y denegación de origen (“todo vale mientras cocine mi abuela con alimentos de origen indeterminado”). En esta misma línea, Antonio J. subrayó que esos abortistas taaan magnánimos, que tanto disfrutan llenándose la boca con monsergas teológicas mainstream y con cadáveres descuartizados de animales (una instrumentalización del reino animal que, por otro lado, se encuentra en plena conformidad con la entronización del Varón en las principales religiones monoteístas), esos chamanes de la sacralidad de la vida quizás deberían —según Antonio J.— saludar la carestía de huevos que atraviesa Europa como el anticipo de una disminución de la demanda de gametos femeninos para consumo humano.

A fin de cuentas, quien lucha por extender los derechos civiles a los fetos (Homo Sapiens Sapiens sin voz ni voto), también debería luchar, en primer lugar, por el reconocimiento de los derechos animales y, en segundo lugar, por la extensión de tales derechos a los huevos de corral (Gallus Gallus Domesticus sin canto ni pio-pio). Con independencia de la solidaridad de especie, no hay prima facie ningún criterio moral que justifique esta exclusividad en la aplicación del derecho a la existencia: ceteris paribus, el nacimiento de dos individuos detenta idéntico valor. La aceptación de este principio no excluye que podamos establecer, en un segundo nivel de justificación, una jerarquía de nacimientos que valore de un modo preferencial ciertas características que poseen de forma sobresaliente la mayoría de los miembros de nuestra especie, como el desarrollo del lenguaje doblemente articulado, la manipulación tecnológica avanzada o la previsión del futuro distante. Sin embargo, cualquier versión ilustrada del antropocentrismo que pretenda establecer un listado exhaustivo de las características que justifican el privilegio ontológico de nuestra especie se encuentra sometida, desde la publicación de Animal Liberation (1975), al argumento de los casos marginales: la etología demuestra que muchos animales poseen características que convencionalmente habríamos considerado distintivas de nuestra especie, mientras que multitud de seres humanos carecen por completo de tales facultades preferenciales. A falta de otro principio mejor, la igual consideración de intereses constituye el basamento mínimo de toda jerarquía en equilibrio reflexivo con nuestras intuiciones morales profundas.

Ahora bien, ¿qué entendemos por interés? Algunos autores próximos a la ecología profunda presuponen una definición máxima de esta noción y, de este modo, atribuyen intereses específicos a cualquier entidad que se esfuerce por mantenerse en su ser, incluido el reino floral y el planeta Tierra. De acuerdo con este enfoque eco-spinozista, cualquier individuo o conjunto movilizado por esta inercia existencial detenta, en última instancia, un interés susceptible de reconocimiento jurídico y de protección legal. Se pueden plantear dos objeciones a este planteamiento. En primer lugar, ciertas nociones filosóficas asociadas al conatus, como la preservación de la potencia, el incremento de la energía o la afirmación de la existencia, parecen entrar en contradicción con el segundo principio de la termodinámica que, bajo los prismáticos aberrantes de la ontología, sugiere una tendencia irreversible hacia la defunción por uniformidad térmica. En segundo lugar, la equivalencia conceptual entre interés y conatus suscita, en último término, una interpretación animista de la realidad que no discrimina entre deseos autoconscientes, inclinaciones conscientes y regularidades nómicas; lo que conduce a callejones sin salida: a fin de cuentas, una secuoya persevera en su crecimiento, del mismo modo que una combustión persevera en su reacción química, una célula en su ciclo biológico y un electrón en su orbital atómico. Así pues, a menos que estemos dispuestos a reconocer los derechos de los incendios forestales, de las invasiones cancerígenas y de la radiación electromagnética, tendremos que restringir la atribución de intereses y vincularla con la posesión de sensibilidad. En este sentido, un enfoque moral comprometido con la igualdad de consideración de intereses, que incurra en extrapolaciones animistas injustificadas, evaluará moralmente la conducta humana asumiendo la perspectiva —y considerando el bienestar— de las criaturas sensibles involucradas en cada situación. Esta atribución exclusiva de intereses a las criaturas sensibles se conoce como sensocentrismo.

Retomando nuestro asunto, ¿qué hay de malo en desayunar embriones humanos, como sugiere Antonio J. Rodríguez, de hasta 18 semanas de gestación? Hasta esta fecha la corteza cerebral no está desarrollada como para que ocurran las conexiones sinápticas pertinentes para la transmisión de experiencias sensibles y, por lo tanto, la conjetura sobre el sufrimiento silencioso o el grito inaudible carece de fundamento. Con excepción del dogma teológico sobre la sacralidad de la vida humana, no conozco ningún criterio moral que condene el consumo de embriones humanos sin condenar, al mismo tiempo, el consumo de otros embriones (v.gr., el balut o huevo cocido y fertilizado de pato, con embrión dentro; todo un manjar en algunas zonas del sureste asiático). Además, el principal razonamiento (no dogmático) favorable al reconocimiento de los derechos prenatales se sostiene, en último término, sobre alguna modulación pugilística del conatus: el embrión es una criatura sensible en potencia que se esfuerza por alcanzar la existencia; al interrumpir de un modo artificial esta odisea ontológica estamos negando el derecho a la permanencia legítima en el SER. Como ya hemos visto, esta postura animista se enfrenta a problemas irresolubles de demarcación: si la potencia existencial es un continuo afirmativo, ¿dónde situar la frontera entre la materia inerte y el organismo vivo? En el discurso antiabortista es habitual emplazar este salto cualitativo en el momento de la fecundación, señalando el carácter irrepetible del material genético contenido por el cigoto. Sin embargo, resulta arbitrario —cuando no curioso— pretender que la protección del ciudadano comience en ese preciso instante, si tenemos en cuenta que el inestable matrimonio entre el óvulo y el esperma puede terminar en divorcio express (el cigoto puede dividirse hasta 14 días después de la fecundación) o en masacre uterina (el número de abortos naturales sugiere que el aparato reproductor femenino es —en realidad— una máquina de infanticidio masivo). Con todo, las especulaciones antiabortistas sobre la potencia y lo irrepetible convierten a las biomujeres en dictadores sanguinarios que permiten la comisión de crímenes contra la Humanidad en el interior de su cuerpo, al desperdiciar cada mes un puñado de preciado material genético, especialmente aquellas Überfrauen que estuvieran en posesión de una cavidad uterina perfeccionada para el asentamiento óptimo del embrión. Desde un enfoque consecuencialista, si la preservación de material genético irrepetible es un objetivo en si mismo, entonces la interrupción del embarazo (aborto) y su omisión (menstruación) tienen idéntico resultado y, por tanto, ameritan idéntica valoración moral con independencia de la motivación subyacente. En comparación con las deficiencias teóricas del animismo, el enfoque sensocentrista ofrece una respuesta más rotunda y menos diletante, en perfecto equilibrio reflexivo con nuestras intuiciones morales, a saber: mientras no vulnere la sensibilidad ajena, el ser humano tiene licencia para consumir criaturas no sensibles. Ahora bien, ¿acaso el consumo de embriones humanos vulnera la sensibilidad ajena? ¿No estaremos acaso ante un prejuicio cultural fruto, a partes iguales, de un pasado histórico traumático y de una rémora teológica cristiana?
El debate está servido.
 

15 de diciembre de 2013

Historia de una censura

[Ça a debuté comme ça. Me pongo la máscara del vegano por razones morales y empiezo a trollear a unos dietistas que argumentan que tenemos que comer de todo (poniendo especial énfasis en la inclusión del jamón del güeno dentro de ese TODO) porque resulta que el ser omnívoro tuvo su ventaja adaptativa cuando bajamos de los árboles. Claro que, ¿desde cuando tomamos a los hombres de las cavernas como modelos de conducta? Es una norma de cortesía a la hora de razonar en términos normativos el aceptar que, cualquier cosa que pasara en el Paleolítico, en el Paleolítico se queda. Digo, no vayan a tirarse al monte mis amigos de #MisteriosAlDescubierto totalmente convencidos de las virtudes adaptativas de nuestro pasado cazador-recolector. Que son muchas. Total, que la cosa se abigarra. Publican objeciones contra mi postura a modo de post y me censuran las réplicas que escribo. Por si acaso fueran de interés público, cosa que dudo mucho, las copio aquí mismo. Como diría Roland Barthes a sus chaperos: ¡ahí va la mierda!]  
Perdón por el retraso. Aquí está el mentado ERNESTO, vuestro vegano predilecto. Y aquí contesto a las objeciones planteadas por MANDY, BLOGMASTER, ELENA NITO y MIRROR. Ojalá no me borren este comentario como ya hicieron con uno previo. Creo cumplir con ciertos mínimos de cortesía exigidos. Ojalá BLOGMASTER hiciera lo mismo y evitara las generalizaciones AD HOMINEM. Pensar distinto no es, hasta donde yo sé, un insulto. Lo dicho, un placer discutir con los que saben hacerlo.

¿Hablamos de victorias pírricas, MANDY? Me parece fantástico que la principal objeción contra la dieta vegana sea que los enfermos de Vitíligo no pueden dejar la carne, pues la mencionada enfermedad solo afecta a un 3% de la población, así que la cuestión sigue abierta para el 97% de la humanidad. Yo estoy dispuesto a reconocer que un porcentaje minoritario tenga problemas para sintetizar aquellos nutrientes esenciales que la mayoría de la gente podría obtener de fuentes no animales. Usted dice: "No estamos a la altura de poder elegir una dieta con las características de la dieta Vegana, no con los riesgos que existen." La ADA, por desgracia, dice justo lo contrario: http://unionvegetariana.org/ada.html

¿Hablamos de valores morales, BLOGMASTER? "Las razones Morales son conceptos relativamente nuevos respecto a la Evolución fisiológica o antropológica humana. Tú mencionas hechos de hace unos pocos siglos para acá, obviando el resto. Yo empleo el concepto Evolución como el conjunto de hechos que nos ha conducido hasta aquí por ser precisamente omnívoros." ¿Estás diciendo que la vejez de ciertas prácticas es un criterio de su valor moral? ¿Acaso la moral de los derechos humanos tiene menos valor que --pongamos-- la moral de la tribu porque apenas tiene unos siglos en vigor (desde 1789)? Insisto, ¿basta con mencionar "el conjunto de hechos que nos ha conducido hasta aquí" para eliminar cualquier discusión sobre (i) donde estamos y hacia donde camina el progreso, (ii) si tales hechos deben asumirse o rechazarse a la luz de la información empírica disponible y nuestros valores actuales? (Y por utilizar el razonamiento AD HOMINEM que suele gastar BLOGMASTER cuando quiere ridiculizar a los veganos como míseros estudiantes de humanidades con deficiencias nutricionales, capacidades mentales disminuidas, y por supuesto, mucho dinero que gastar: que seas de ciencias, querido BLOGMASTER, no implica que no entiendas las normas básicas de la lógica deóntica según las cuales confundir el SER y el DEBER SER, los hechos y los valores, se llama falacia naturalista. A ver si leemos un poco de filosofía analítica: David Hume y G.E. Moore suelen ahorar muchos post subidos de tono.)

¿Hablamos del sentir animal, ELENA NITO? "Su irracional racionalidad alumbrará el día que comprendan que no hay absolutamente ninguna diferencia ética entre comer una manzana o un huevo de corral." ¿Quién ha dicho lo opuesto? Desde una perspectiva sensocentrista un feto humano por debajo de la 18 semana de gestación, o cuando quiera que aparezca la conciencia sensible, tiene tantos derechos como una manzana o un huevo de corral. A saber: ninguno en absoluto. Muchas gracias por la noticia de las plantas. Que las plantas o los fetos tengan la capacidad de responder motrizmente a diversos estímulos externos, como resulta evidente para todos, no implica que sean sensibles en el sentido relevante del término. Pero este es otro debate.

¿Hablamos del décalogo vegano, MIRROR? Punto por punto:
1. No vengo a IMPONER sino a discutir sobre mis creencias. También a aprender sobre las plantas y los enfermos de Vitíligo. Ojalá fueran leídos CUM GRANO SALIS mis comentarios, aplicando el principio de caridad exegética, pero está visto que toca jugar el papel del malo-malísimo.
2. Aunque el veganismo o el ecologismo TAMBIÉN fueran modas, nunca serían SOLO modas y mucho menos NUEVAS modas de RICOS, porque (i) están respaldadas por una argumentación normativa consistente; (ii) la historia registra ejemplos antiguos de ecologismo de la pobreza donde la gente apenas contaminaba el ambiente o depredaba los recursos dado que carecían entonces de los medios para hacerlo, igual que todavía pervive todavía cierto vegetarianismo de la pobreza (ovolacto y con ingestas muy esporádicas de carne y pescado) en aquellas regiones donde producir o exportar carne o pescado resulta inviable.
3. Nací en 1990 y no soy judío, sería absurdo hacerme el ofendido por una analogía entre el Holocausto y la industria cárnica, pero sí soy español, tengo simpatías republicanas, y los republicanos concentrados en Mauthausen solían decir que los nazis les trataban "wie Tiere, esto es, como animales". Ergo: los animales reciben un trato bastante similar a un campo de concentración. (Para contrastar la declaración véase el documental de Llorenc Soler sobre el fotógrafo de Mathausen: FRANCISCO BOIX.)
4. No presumo de nada.
5. Bibliografía sobre la caza entre animales: http://www.ub.edu/fildt/revista/pdf/rbyd26_animal.pdf
6. Utilizar la historia evolutiva para borrar del mapa la discusión normativa informada y distendida sobre el maltrato animal es incurrir en la falacia natural, además de insultar a una especie que, a falta de uno, tiene dos veces el adjetivo SAPIENS detrás de eso del HOMO, quizás para recordar que nuestra autonomía racional y nuestra capacidad de decidir no tienen por qué estar genuflexas ante la tradición, o en este caso, de rodillas ante cuatro hombres de las cavernas.

9 de diciembre de 2013

Miscelánea (II)

La crisis es como montar en bici.
Una vez aprendes, etcétera.

Seguimos destapando malformaciones en la reforma constitucional introducida por los partidos mayoritarios del Reino de España en 2011. Recordemos que el objetivo confesado de la reforma consistía en imponer un techo de gasto sobre los presupuestos del Estado. Pues bien, a la malformación antidemocrática y chapucera (la decisión de modificar la sacrosanta carta magna fue tomada en unas pocas horas, sin consulta popular alguna, siguiendo dictados europeos) hay que sumar ahora la malformación cuántica y orwelliana diagnosticada por José Ignacio Antón, profesor de la Universidad de Salamanca, y hecha pública por Fernando Esteve en Oikonomía.
Resulta que el apartado modificado del art. 135 invoca la noción de balance fiscal estructural (BFE) para medir si estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades. Y pasa que esta magnitud arroja valores distintos dependiendo de la tendencia económica que estemos valorando. Así, calculado desde 2007, el BFE del Reino de España 2006 sería bueno, podría decirse que vivíamos por debajo de nuestro PIB potencial, el Estado podría haber gastado más en el contexto de una tendencia alcista; sin embargo, visto desde 2013, el BFE desciende 3,5 puntos, el saldo positivo desaparece, 2006 entra en números rojos, ¡solo porque nosotros estamos haciendo los cálculos desde el supuesto de una tendencia a la baja!
Ignoramos si esta propiedad maravillosa, la virtud de modificar el pasado según la posición relativa del observador, merece el epíteto de orwelliano (en virtud de 1984) o de cuántico (en virtud del experimento de la doble rendija), pero una cosa está clara: la Constitución del 78 y la casta política española hacen cosas muy raras; tienen un comportamiento ondulatorio y a la vez discreto; cambian de color como los quarks cada cuatro años; nadie puede determinar su momento y su posición en el espectro ideológico; merecen una jubilación anticipada, una pensión en Marbella y todo nuestro respeto.

Sobre la cuestión del determinismo biológico y del egoísmo genético (¿hasta qué punto la llamada a la transmisión reproductiva de los genes determina nuestra conducta como animales y en qué medida influyen los factores ambientales sobre nuestro carácter?) se ha publicado un artículo bastante completo donde figuran todas las posiciones históricas defendidas sobre el tema y el estado actual de la cuestión.
¿Conclusiones preliminares? Como podría haber dicho Séneca: en el debate Naturaleza vs Cultura no hay posición, por irrazonable o extremista que sea, que no haya sido defendida por al menos un intelectual sesgadamente informado. Y este artículo contiene, para desgracia de la discusión informada, muchas ideas-fuerza del constructivismo sociocultural del siglo XXI.
Ya estoy viendo a Stephen Jay Gould citando desde la tumba el curioso ejemplo del saltamontes y la langosta; son la misma especie con distinta conducta en virtud de distintos niveles de serotonina. Léase Testo Yonqui de Beatriz Preciado & let the party begin.

El grado cero de la política es la comunidad de vecinos. Quien reclama la autogestión de los presupuestos participativos o el derecho a decidir sobre la soberanía de un barrio (ciudadanos de Arganzuela, ¿quieren seguir siendo parte de (i) El Reino de España y (ii) la Comunidad de Madrid?), me juego la mano zurda que todos esos patriotas de distrito nunca han sido en toda su vida presidentes de una comunidad de vecinos. De haberlo sido estarían leyendo a Thomas Hobbes ahora mismo. Y es que la comunidad de vecinos es el horror del estado natural. La comunidad de vecinos confirma a Jean-Paul Sartre: el infierno son los otros, y lo sabes bien.
El economista Juan Santaló si ha sido presi. Y ha visto la bajísima competencia existente entre las compañías encargadas del mantenimiento de ascensores: los contratos suelen tener una duración superior a tres años, incluyen cláusulas de renovación implícita y además estipulan una penalización por incumplimiento de agárrate-tú-los-machos. Las cuatro primeras compañías de este sector acaparan más del 50% de la cuota de mercado nacional.
¿La solución? Según Santaló, más mercado. A mi juicio debería valorarse también la opción de nacionalizar un servicio cuya tendencia a generar monopolios es cosa de blanco y en botella. En este caso, el mantenimiento es una necesidad impuesta según criterios estatales, en tanto que el producto consumido es el mismo para todos y la distinción publicitaria de la oferta es una soberana marcianada (¿se imaginan anuncios para mantener ascensores?), cualquier recorte vía costes de producción disminuirá la seguridad de los trabajadores.

Si el sector público debería satisfacer según criterios de eficiencia aquellas necesidades que generan de suyo monopolios naturales o donde el criterio del beneficio genera claro desvalor, ¿por qué no aplicar el exprópiese chavista sobre aquellos negocios que, por muy alejados que estén del escenario político antagónico, satisfacen alguna de las condiciones mencionadas? ¡El mantenimiento no se vende, se defiende! 

7 de diciembre de 2013

Alegato Ilegible. Zebra Katz Rules.

[Se acerca final de año. Toca hacer listas de los mejores. Aquí va una propuesta ininteligible de coronación. Lean cum grano salis.]
Quizá nunca llegue a estar entre los diez mejores del año según Pitchfork o FactMag. De hecho nada suyo aparece en la sección de reseñas. Esto tendría que tomarse como una falta de olfato, una pérdida de oído por parte de ambas revistas. ¿Dónde quedó la capacidad de descubrir figuras musicales con pocos dineros para anunciarse a los cuatro vientos? Los talonarios desplegados por FKA Twigs, la chica que empezó a fines del año pasado con un Tumbler y tres videos, ahora vendida como la nueva Grimes, parecen señalar en la dirección contraria: claro que siguen ahí los sabuesos, solo que ocupados excesivamente repescando en el novísimo caladero del Aerosoul, que viene siendo una mezcla entre R&B + Soul + eso-que-todos-llaman-dubstep. Mismo perro, distinto collar, vaya. ¿Acaso están demasiado entretenidos acuñando the new sound of the year, un efímero título nobiliario que ahora mismo podría detentar el house venido a menos —¿culpa del pop?— como para escuchar aquello que hasta ayer mismo fuera poco menos que su religión sonora?

Hablamos de Zebra Katz. Y el credo musical que debería proteger y ensalzar sus tracks viene a ser la fiebre por las voces graves y el ritmo lento que tuvo lugar en el rap para blancos con la aparición de A$ap Rocky y su Peso dos años atrás. En cuanto a la pregunta (las revistas musicales de cierto peso, ¿tienen tiempo para hacer otra cosa salvo corear las canciones de guerra de los mayores —el caso de Drake— sin incurrir en el folletín de variedades o el catálogo de nombres, atentados ambos contra la división del trabajo y el buscador de Google?), la respuesta es un claro Jain [sí pero no en alemán]. Sí que dejan espacio para valorar el disco de A$ap Rocky, entendido como novamás del estilo grueso en lugar de la silueta decadente que viene siendo este rapero de Harlem desde los comicios yanquis de 2012 —rodar un videoclip haciéndose disfrazar de JFK en Dallas es a todas luces un precedente cojonudo para grabar luego junto a Skrillex: tú ya estás muerto, pero aún no lo sabes. Es la filosofía del disparo que está a punto de atravesar el cráneo del presidente.

Y no: los caladeros de jóvenes (y antiguos) raperos parecen agotados. El éxito de Yeezus entre los hipsters, un bombazo para la competencia inmediata (véase Jay Z), responde más bien a una bien gestionada inversión publicitaria que a un interés renovado por el género entre los creadores y los gestores de la opinión pública (por mucho que Kanye West sea muy bueno). Hay quien culpa de todo a Miley Cirus. Bien está cargar así las tintas contra la loca del pueblo, pero para qué vamos ahora a fingirnos los apocalípticos cuando la fragmentación del público en Internet y el mundo comunal en las redes sociales garantiza (i) la mínima incidencia de las jeremiadas escritas para los followers y los amigos del insti (en caso de alcanzar alguna visibilidad, sería para peor: «Vuestra envidia crea mi fama», Rafa Mora dixit); (ii) que si quieres mirar para otro lado, porque eres un chico de la calle 0% mainstream, dado el caso, puedes hacerlo sin tantos aspavientos.



Así que oigan a Zebra Katz.

5 de diciembre de 2013

Infancia y postureo en Room Art Fair

Mucho se ha dicho sobre Room Art Fair, la feria madrileña de arte joven, que sigue teniendo un modelo expositivo rompedor a tres años de su primera edición. Y es cierto. Tal vez no sea nada nuevo el salir del white box, otros hicieron antes del hotel un lugar para la exposición artística; quizá los pasillos angostos cubiertos hasta el techo de motivos castizos tengan sobre todo una función de asfixia, nada tienen que ver con movidas modernas ulteriores; puede hasta incluso suceder que las camas dobles que ocupan la mayor parte del espacio —volviendo imposible el estar en una sala con más de cinco tipos— solo fueran guiños a cierta pieza de Tracey Emin o a la naturaleza arropadita y acomodada que caracteriza a buena parte de nuestros artistas emergentes. Quién sabe. El hecho es que Room Art Fair conjuga la interioridad y la precocidad, muchos artistas imberbes por ahí, generando una sensación de cercanía horizontal, valores absolutos donde las relaciones sustituyeron el contenido. Así las cosas, ora ves una galerista recostada sobre un butacón orejero haciendo punto de cruz, ora saludas a una novísima promesa por las escaleras, ora quedas convidado a tomarte fotitos en el cuarto de baño.  

Poca broma con las fotos, por cierto, son una maldita pandemia. El fotocall es una posibilidad constante en todos los stands donde las esferitas de alcanfor huelen por su ausencia, esto es, en todas las galerías que figuran en calidad de espacios modernos que acaban de empezar o superan la crisis como pueden, porque en Room Art Fair también existe mucha galería de pintura realista chapada a la antigua, mucho Salón des Refusés donde la pincelada y la impresión siguen siendo el horizonte el horizonte insuperable de nuestro tiempo. En cuanto a las cámaras, el absurdo y la parajoda [sic] llegan hasta el punto en que, ante un lugar donde todo el bacalao consiste en anunciar la existencia de otra feria en MAD «bastante similar a Room Art Fair solo que sobre fotos», un servidor tiene que asumir la obligación de ofrecerse voluntario para fotografiar a la anunciante del stand sobre una cama. El triunfo del paradigma relacional, supongo. Y como que tanta relación estrecha y tanto vínculo personal abruma —intuyo— en la medida en que el público se encuentre habituado —como es mi caso— a una relación vertical con la cultura visual —la misma tarde que visité Room Art Fair pasé por El espejismo exótico, la exposición de Casa Sin Fin, donde Julián Rodríguez desplegó una teórica bestial sobre el pensamiento poscolonial avant la lettre de tantas figuras francesas de entreguerras; un servidor tomaba apuntes, copiaba la palabra del maestro. Y claro, cuando el elemento de maestría se desdibuja, cuando el networking, la formación de comunidad y el espíritu hogareño asumen la torre de mando, entonces una persona interesada en aprender tiene que aceptar el intercambio de tarjetitas como sucedáneo.


Pero aquí hemos venido a otra cosa, hagamos memoria sobre la función principal de la feria como escaparate de variedades, lugar para exhibir el género, anunciarlo y mercadearlo; así pues, ¿cuáles son las piezas mejor vistas del rebaño? Un ejemplar suculento es Face 2 Face de Mario Bastian, la instalación del espacio In-sonora que realiza una suerte de mapa sonoro y de geometría variable sobre tu cara cuando entras en el baño, una versión hi-fi de la mirada a la Gorgona y el paso del tiempo que cualquiera experimenta una vez por la mañana todos los días del año. Cada vez el fin del mundo, como podría decir Derrida. Muy golosas también son las galerías Factoría de Arte y Desarrollo o SC Galery, cuyo catálogo de artistas urbanos (Boris Hooper, Vinz, El Tono, Wester Collective) destaca sobre el resto de propuestas similares. En Factoría de Arte y Desarrollo, por su parte, descubrí a Jorge de la Cruz, un dibujante excelente cuyo imaginario animalista y cuyas obsesiones sociales resultan bastante sobrecogedoras; trabaja por ejemplo sobre las luchas entre las mafias que copan el negocio de los peluches de dibujos animados en tamaño humano. Hace poco vimos una pelea entre Bob Esponja y Hello Kitty. Y allí estuvo de la Cruz para trabajar la dimensión estética del mundo infantil convertido en un escenario de wrestling

4 de diciembre de 2013

Miscelánea (I)

La filosofía política suele dividirse —grosso modo— entre quienes están por el consenso (y por tanto analizan la resolución de conflictos) y quienes no (y por tanto avivan el fuego en las calles). Yo me sitúo en los márgenes de la política freak (por si no se habían percatado todavía). Y este mes el protagonista de la política marginal, ideales suscritos por cuatro mataos, ha sido el movimiento reaccionario contemporáneo. A grandes rasgos sus adalides suscriben principios libertarios, salvando que dan por sentado la existencia, la necesidad o el carácter inevitable del Estado, y por tanto prefieren estar gobernados por aristocracias naturales supersabias (à la Platón) antes que por demagogos inexpertos elegidos a través del voto. Scott Alexander intentó refutar los presupuestos empíricos de esta inclinación absolutista y autoritaria que, según parece, prende como la mecha entre ciertos geeks. Las respuestas son legión.

Va a parecer que tengo manía a Julianna Barwick. Ya echamos pestes sobre su disco Nepenthe, una cosa mala para la vida y para el oído, ecos lejanos para hacer yoga o ascender en ascensores, o algo. Una entrada gratuita a la lista de los mejores discos de B*tchfork Magazine. Una metida de pata. Resulta que también están abducidos por esta pava en F*gMag. No se explica si no por qué encargan y aceptan este Mix414 de Barwick. Sin lugar a dudas su peor mezcla del año, lo que me demuestra el repertorio de lugares comunes, vendidos como referentes personales, que maneja esta señora. Hasta el redactor se sorprende: it’s certainly been a while since we heard Dylan in a FACT mix, that’s for sure.

Juan Ramón Rallo responde a las acusaciones formuladas por Jose Luis Ferreira contra la escuela austriaca en su librito Economía y pseudociencia. Ferreira considera que los austriacos son unos vendebiblias porque, entre otras cosas, sus teorías son infalsables y sus argumentos carecen de formulación matemática (también existen versiones para dummies de estas objeciones). Ramón Rallo tampoco quiere meterse en harina, pasa de puntillas sobre el asunto de la confirmación empírica, y refuta los ataques sobre la influencia y el dogmatismo de la escuela. Dejando entre paréntesis la lucha entre Don Quijote y los molinos, pues tanto el ataque como la defensa incurren en la falacia del hombre de paja, los links del texto conforman una documentación imprescindible sobre la extendida influencia de Hayek, Mises y Rothbard. Los polos opuestos quizá no se atraigan, pero tampoco están tan opuestos.

Tiene gracia. Analizan el cerebro de unos adolescentes (el mayor de los cuales tiene 22 años) y confirman estereotipos sobre las habilidades sociales de las biomujeres por oposición a las facultades perceptivas de los biohombres. Qué esperaban. Lo mejor viene cuando vemos que las conclusiones descansan sobre ciertos mitos acerca de la división de las funciones cerebrales en hemisferios especializados (hay muchas variantes del relato, algunas sexistas de suyo, así que recomiendo asear las ideas con "The Split Brain Revisited" de Michael S. Gazzaniga: uno de los padres de la teoría vuelve sobre sus pasos 35 años después).


Natxo Medina reflexiona sobre el componente meritocrático en las letras de Lorde. Esta chica de 17 años ha saltado a la palestra mediática como la adolescente más prometedora de 2013. Sus contratos millonarios y sus canciones electrizantes, la versión mediaclasista de FKA Twigs, deberían bastar para avalar semejante distinción, pero Medina prefiere comprender su meteórica trayectoria desde las coordenadas de nuestra situación económica actual. Lorde encarna a la working class hero, dice Medina: esforzada en el trabajo, discreta en los media, frugal en su consumo. Los únicos cadillacs que Lorde conduce están en sus sueños. «I've never seen a diamond in the flesh», dice en Royals. Hasta aquí todo bien con el working middle class. Ahora bien, ¿dónde quedó la heroicidad en todo esto? ¿Acaso Lorde entona las loas del triunfo empresial? Al contrario: nada tienen que ver sus tracks con los nuevos prometeos comerciales y los self-made teenagers de Silicon Valley. Su mensaje interpela en todo caso a los hijos de clase media que saben que su calidad de vida será igual o peor que sus padres. Y ahora dicen que tampoco les importa demasiado. Léase la fábula de la zorra y las uvas para entender los motivos psíquicos de este espíritu posconsumista, o crúcese los dedos rezando que —por favor— el rechazo de la ostentación oligárquica desclasada llegue a ser algo más que simple y llano postureo.

2 de diciembre de 2013

El Capital Desde Dentro


Cuenta el mito que ya se estaba hablando de la novela de la crisis antes de que ésta hubiera empezado. Siempre se ha dicho que los hombres de negocios, salvo por los ingresos mensuales en su cartilla, llevan una vida muy próxima a los escritores. Mad Men explota, en ese sentido, el publicista que todos llevamos dentro. Del mismo modo, se especula que algunos antiguos empleados de Lehman Brothers ya pensaban escribir una novela, pues novelescas y canallescas fueron sus aventuras, mientras bajaban en los ascensores, portando sus pertenencias materiales en cajas, camino a la puta calle, Wall Street. Muchas han sido desde entonces las descripciones en primera persona de la estafa de casino trucado que los antisistema, solo por molestar, llaman capitalismo. Ahí tenemos Por qué dejé Goldman Sachs de Greg Smith, un encargo editorial recalentado a partir de una polémica misiva aparecida en el New York Times donde Smith, quejándose del cortoplacismo rampante de nuestros tiempos, recuerda con nostalgia los viejos tiempos de la avaricia a largo plazo (la expresión es de Sidney Weinberg) cuando la confianza, el prestigio, la seguridad y hasta la utilidad social eran algunas varas de medir las inversiones económicas. 
Muchos dirán que la propia lógica del derivado financiero, lejos de resultar inspiradora para el novelista, se resiste a ser convertida en ficciones. ¿Cómo narrar la vida de un Credit Default Swap?, he ahí la cuestión. Según cierta visión de la cultura vigente, las operaciones millonarias en los mercados secundarios de deuda pública solo serían parte del complot que el presente tiene montado contra el resto de los tiempos. Para constatar el carácter plausible de esta lectura basta con echar un vistazo a volúmenes como Present Shock de Douglas Rushkoff, sobre cómo las redes sociales revientan los patrones narrativos tradicionales sustituyendo la periodización de los sucesos por el lema "está pasando ahora mismo"; o 24/7: Late Capitalism and the Ends of Sleep, donde Jonathan Crary comenta como los sistemas de vigilancia, los patrones de consumo y la flexibilidad laboral están terminando con cualquier noción de descanso. Sin embargo, se siguen escribiendo novelas sobre la crisis de tropecientas páginas con una estructura secuencial aristotélica. ¿Cómo viene siendo posible esta tendencia a contracorriente?
La factura de Capital de John Lanchester quizá pueda darnos una idea. Escrita entre 2006 y 2011, Capital es una novela de cocción lenta —Lanchester escribe a mano 500 palabras diarias de ficción— donde el estilo dickensiano (la influencia de The Wire es notable) se fragmenta mediante la intromisión de capítulos dedicados a un solo personaje. En este friso social circulan tanto los inmigrantes salidos de las películas de Ken Loach como esos pijos cuyo mejor tema de debate consiste en enumerar la ristra de números de su nómina. A esto se dedica precisamente Robert Young, asalariado por el Pinker Lloyd Bank (eso sí: con un salario pantagruélico) y residente en la imaginaria Pepsy Road —ficción verosímil dada la existencia de teatros Häagen-Dazs y lineas de metro Vodaphone—. Young colecciona puntitos de Damian Hirst. Los Young British Artists son, de hecho, objeto de irrisión constante durante buena parte de la novela; varios performers hijos de papa reciben su merecido por su presunto compromiso político genuflexo ante los dictámenes mercantiles. Lanchester tiene razones más que suficientes para tamaño escarnio público del gremio: convincentes investigaciones empíricas señalan que el número de fundaciones artísticas privadas por metro cuadrado constituye un índice fiable para determinar la injusticia de los sistemas impositivos nacionales. Algo está yendo fatal, vendría a decir Lanchester, cuando los ricos tienen dinero de sobra para dárselas de cultivados.
¿Es Capital, con sus 600 páginas, la novela de la crisis? Resulta difícil convencer a los realistas (he dicho bien: los realistas) que consideran que cualquier intento de poner orden a los sucesos en la época digital, fuera de la experimentación y lo fragmentario, no tiene por qué estar condenado a recalar en el basurero de la narrativa decimonónica (imaginamos que esto último es un insulto, quién sabe). Con sus detractores, sin embargo, Capital sigue siendo una novela deliciosa que conviene paladear con bastante tiempo. Porque, en el lado B de la sociedad empresarial, todavía hay gente con —por desgracia— tiempo ocioso forzoso, gajes del desempleo, cuyos ritmos quizás estén mejor acompasados con los tiempos de Lanchester y su Capital: un soberbio retrato del Titanic minutos antes de partirse en dos.

[Publicado originalmente en Quimera. Diciembre 2013.]

30 de noviembre de 2013

Seguid Así, Muchachos

Hecho un Cristo: los pies por delante, el cuerpo arañado y todo lleno de excrementos. Así salió Abel Azcona el pasado jueves 15 de agosto de la galería de Madrid donde estaba haciendo Dark Room, un performance que consistía en pasar dos meses confinado, sin contacto alguno con el exterior. Apenas ha podido aguantar el artista 42 de las 60 jornadas de absoluta oscuridad inicialmente previstas, hallándose desde la segunda semana en un estado mental rayano el catatónico y haciendo cosas raras a las 72 horas del encierro, como mearse por ejemplo sobre su propia comida. Llega el cuarto día de clausura: «Nos preocupan heridas en el rostro, con visionado nocturno percibimos que son de arañazos al rascarse compulsivamente», escriben en su telegráfico cuaderno de bitácora los celadores de Abel Azcona, malhadado conejillo de Indias de sí mismo. Según declaraciones del pamplonico, el objetivo de este especial encierro era profundizar hacia una identidad personal genuina apartada del mundanal tráfico de información. «Perder la noción del tiempo y de mi propio yo. Construir una identidad no contaminada.» Alguien podría y debería haberle advertido que el Mito de la Caverna cuenta otra cosa, que sin luces y sombras no hay sujeto. Y sin sujeto, bueno, sin sujeto no hay nada. Y cuando digo nada: «Gran descoordinación de cuerpo. Gran suciedad y falta de higiene. Extrema delgadez. Comportamiento ilógico, sonidos, gritos o movimientos espásticos», vuelven a anotar cuatro días antes del precoz final de Dark Room. Por desgracia ignoramos si el resultado del experimento termina siendo que los performers globetrotters ni nacieron ni se hicieron para vivir en cautiverio (24 horas antes de Dark Room Abel Azcona estaba en una sesión de fotos en Pamplona: malos preliminares preparatorios para el retiro son las angulares y los flashes) o si resulta que el anatnam budista era esto. ¿Ha alcanzado Abel Azcona el Nirvana?


Llamadme cartesiano, pero me inclino por la primera opción. Que los posturitas del mundo del arte carecen de la entereza psíquica que mantienen algunos secuestrados es algo que vino a confirmar en sus propias carnes Omar Jerez. El artista granadino quiso hace tiempo emular el secuestro de Ortega Lara, 530 días en un zulo de seis metros cuadrados, sólo que la recreación artística tenía una duración estimada en una semana y poco; ni eso pudo el bueno de Omar Jerez, quien siete días después de iniciada la acción hablaba consigo mismo a solas mientras una barba mesiánica adornaba su mentón. Ya se sabe, en esta competición por aguantar la respiración bajo el agua que viene siendo el paradigma performático contemporáneo, quien no se hace disparar (Chris Burden) se hace crucificar (Chris Burden again), pero nunca ha habido dos copiones tan seguidos del artista nacido en Boston como Abel Azcona y Omar Jerez. Tantos días ha durado Dark Room como años han pasado desde que Chris Burden presentara Locker Piece, una tesis doctoral que consistía en pasar cinco días embutido en su propia taquilla. 1971 queda muy lejos como para que ahora vengan estos asaltatumbas a saquear las acciones de otros, aunque la palabra plagio quizá carezca de sentido para gente como Abel Azcona y Omar Jerez, que tan dispuestos están a sacrificarse por una sociedad que pasa del tema. Ante acciones taaaan auténticas, sin embargo, la estricta observancia del copyright es casi un insulto. Cada vez cara a cara con la muerte o la locura siempre parece como si fuera la primera, irrepetible y recóndita ocasión, aunque luego la documentación del momento trascendental se venda a precio de saldo, por multiplicado y con copia de artista. A fin de cuentas, a los niñatos que quieren hacer un Werther Jr. o un Harry Houdini nadie les cobra el canon. ¿Por qué habría que racanear las antiguas pesetas a las novísimas promesas del estrellato artístico nacional?
Sea como fuere, Abel Azcona y Omar Jerez comparten algo más que etimología. Tienen en común, para empezar, un manifiesto que presentaron en el Círculo de Bellas Artes a mediados de marzo de este año. Según algunos, el suceso artístico madrileño más relevante desde que los integrantes de la generación del 27 frotaran sus prepucios contra los tranvías de la capital. Según otros, una bobada desglosada en trece puntos. Los artistas posaron ante las cámaras con los pantalones bajados. Y así entiendo yo su Teoría Involuntaria de una Muerte Confrontada (TIMC), como una señora bajada de pantalones, una emulación vicaria del modernismo, una chiquillada sin mucha gracia. Sin nada que ofrecer salvo su propia muerte en streaming, estos proletarios del posturing performático declararon su voluntad de arriesgar la existencia en defensa de sus creencias políticas. Una lástima que éstas, las creencias susodichas, brillen por su ausencia o se acomoden a los consensos liberales de extremo centro, según los cuales Bildu es ilegal y ellas paren, ellas deciden. Se creen meritorios de una bala en la nuca Abel Azcona y Omar Jerez solo porque han criticado el Islam, la Iglesia o ETA, cuando en verdad el mutismo y la indiferencia son el tratamiento óptimo para tanta ingenuidad ideológica, la suya propia. ¿Acaso los terroristas no tienen nada mejor que hacer? No se enteran de la misa la media. Si nadie dijo esta boca es mía cuando Omar Jerez se paseó disfrazado de víctima por las calles de San Sebastián no fue desde luego porque los vascos tengan miedo a alzar la voz, como piensa el artista cuando define Euskal Herría como una sociedad de susurros, sino todo lo contrario: una puesta en escena tan evidente y carnavalesca no merece la conocida verbosidad eusquera, mucho menos aún los disparos de una banda armada inactiva y en pax perpetua, cuyo improbable retorno a las armas no tendría además por qué atemorizar a los comisarios del Guggenheim o de las galerías de Bilbao —ciudad donde llevan tiempo expuestas, por cierto, algunas viñetas de humor contra los malos malísimos de la película política de la Transición. En cuanto a Abel Azcona, ¿qué decir? El chico de los ojos verdes se merendó una traducción castellana del Corán, quizá ignorando que la versión sagrada del libro está escrita en árabe, masticando así unas páginas cuyo valor calórico equivale a una quema masiva de Harry Potter, esto es: solo puede afectar y epatar a los niños. En suma, perfomances presuntamente perturbadoras y provocadoras al servicio del secularismo y del Imperio de la Ley, lo cual resulta tan incorrecto en términos políticos como el remover las conciencias y luego dejarlas donde antes estaban, a saber, en su maldita superioridad occidental biempensante. Todavía hay algunos, por desgracia, que hacen caso.

Incluido un servidor, claro.


A pesar de los escasos riesgos que corren ambos, su manifiesto está blindado contra toda eventualidad. Es como si Andorra tuviera un programa nuclear por miedo ante una hipotética invasión terrestre. «El cumplimiento de la Teoría Involuntaria de una Muerte Confrontada (TIMC) es ser asesinado debido a que cualquiera de tus obras haya provocado una respuesta adversa al [sic] grupo o entidad criticada», sostiene la cláusula XI con una sintaxis tanto o más intrépida y heterodoxa que las acciones críticas que tantas respuestas adversas provocarán seguro en el respetable islamista y/o etarra. Pero esto no es todo, señores. La TIMC conjuga con mucho salero la temeridad y el canguelo a la hora de la verdad. Los puntos IV, V y VIII prohíben la escolta policial, el asilo político y el maltrato animal. Por el contrario, el punto VI permite un salvoconducto nada freudiano («Si intuyes que vas a ser asesinado, el instinto de supervivencia está por encima de él [sic] de la muerte. Por ello está justificado que encuentres cualquier forma de proteger tu vida») mientras que la segunda condición recomienda sencillamente quedarse en casa y no dejarse ver por los espacios de conflicto. ¡Menudo trabajo de lógica! En verdad, la TIMC quiere ser ante todo indómita y revoltosa, pero apenas llega a suscribir una ideología contra el Estado según la cual Abel Azcona y Omar Jerez, esos agitadores artísticos anarquistas, ni recibirán subvenciones estatales para financiar sus cruzadas liberales ni buscarán asistencia sanitaria pública en caso de resultar heridos en combate. Juventud, divino tesoro. Resulta penoso contemplar a chavales de su edad esperando en balde un destino trágico que, por desgracia, muchos individuos convencidos obtienen y alcanzan sin haber firmado nada, incluidos los jóvenes reclutas de Al-Qaeda en Yemen y Pakistán, adolescentes con principios que quieren ayudar a nivel local y que la muerte pasa a recoger en drone at home, la casa suya propia, donde los derechos sociales, el habeas corpus y hasta el DNI son una jodida quimera.

Ahí os querría ver.

El caso es que Abel Azcona y Omar Jerez acumulan cantidades ingentes de papeletas para ingresar en el catálogo de muertes bobas, contra las cuales no hay manifiesto o contrato alguno que valga. Cuando alguien declara su intención de alcanzar una subjetividad rousseauniana entre cuatro paredes, para luego terminar como el rosario de la aurora, uno duda entre leer a Bataille o laissez faire, laissez passer. Con el gremio de performers pasa muchas veces como con la Familia Adams, ellos hacen lo que dicen y dicen lo que hacen, pero tienen el esquema de valores invertido, han perdido el miedo a muchas cosas, uno no sabe si aplaudir o llorar sus bromas. Dicho esto, mientras esperamos la pronta recuperación de Abel Azcona, renovado lazarillo artístico, Omar Jerez se prepara para realizar su Materia oscura en la partícula de Dios, un coma cerebral inducido para ver ese túnel de luz que —según dicen en las pelis ñoñas— lleva a la gente hasta el otro lado. Ambos artistas cuentan con todo mi apoyo. Seguid así, muchachos. Y que conste que no estoy utilizando psicología inversa.

[Publicado originalmente en SalonKritik. 8 septiembre de 2013.]

28 de noviembre de 2013

De Mayor, Estibador

He leído multitud de payasadas sobre el llamado posfordismo. Las cosas que escribe Sergio Bologna no se cuentan para nada entre ellas. Bologna me dejó patidifuso con su conferencia sobre el nazismo, Nazismo y clase obrera, una investigación sencillamente deslumbrante que cuestiona la lectura oficiosa del camino que conduce desde la República de Weimer hasta Adolf Hitler como una historia de pequeños burgueses enloquecidos y proletarios con los brazos caídos cuando estos últimos plantaron en verdad una batalla importante (a pesar del bozal de los partidos obreros) y nada claro está todavía qué coño eran los primeros en términos sociológicos (Bologna analiza cómo el pequeño burgués alemán del primer tercio del siglo XX tiene mucho que ver con el trabajador precario o falsamente autónomo de nuestro tiempo, hasta qué punto los reajustes en el modelo productivo tras 1929 son una suerte de preludio de relaciones laborales y modelos de organización extendidas por doquier desde los años 90). Estamos hablando, para que puedan hacerse una idea del personaje, de una conferencia pronunciada en una casa okupa con un aparato bibliográfico realmente mastodóntico. Varias decenas de páginas plagadas de fuentes primarias y secundarias. Ya quisieran algunas tesis doctorales manejar estos volúmenes de papel y saber. Importa también subrayar la cuestión del dónde: en un centro okupado, recuperando una necesaria vinculación entre teoría y práxis capaz de sortear las inclinaciones canallistas (canalla, según Marx, es quien «busca acomodar la ciencia a un punto de vista que no deriva de la ella misma»).

Pueden imaginar entonces las sensaciones encontradas que suscitaban en mi interior el consultar (tarde y mal) la recopilación de artículos de Bologna publicados por Akal en 2006, Crisis de la clase media y posfordismo. Por una parte temía que Bologna hubiera quedado desfasado en el interín por la situación económica vigente, que tiene tanto de posfordista como un Telecall puede tener de trabajo cognitivo. Aunque tenía ganas de volver a bucear en su manejo de datos duros, segundas partes nunca fueron buenas, y el propio término «clase media» casi como que parecía apestar desde la misma portada. Fueron cautelas, claro está, inútiles. Los textos de Bologna ignoran las fechas de caducidad intelectual por una razón sencilla, la neutralidad investigadora siempre será joven, a diferencia de la pantomima ontológica, que suele nacer casi siempre muerta de la imprenta (por decirlo con David Hume).
¿Cuales son los aciertos de Bologna? Para empezar el saber desmontar con tremenda solvencia empírica la identificación entre posfordismo y trabajo cognitivo (sinónimo de creativo para muchos catedráticos con vacaciones pagadas y pensión garantizada). Y lo hace, en primer lugar, recordando que la principal estrategia que asumieron las empresas europeas en vistas a competir en el mercado global del cambio de siglo (dejando de lado las operaciones financieras) tuvo que ver sobre todo con la supply chain management, esto es, con la gestión logística de la oferta en Román Paladino. Contra la sociología para gurus que insiste en el poder de las marcas, en la importancia de la publicidad, cuyos debates suelen ser sobre la (falta de) autonomía del consumidor, Bologna repasa —uno a uno— los negocios exitosos desde los años 80. Todos tienen alguna relación con mejoras en la organización interna en vistas a maximizar los recursos invertidos en transporte y distribución del producto. ¿Alguien ha parado a preguntarse por qué Amazon, una compañía cuya presencia online está por ahora limitada a su página web, figura siempre entre las mejor vistas de las empresas digitales 2.0?

En el cambio de siglo, gestionar el tráfico de armas yanquis (Maersk), depredar servicios postales ajenos (Deutsche Bahn) o centralizar la fase de tinte (Benetton) fueron, según nos detalla Bologna, las iniciativas logísticas mayormente exitosas acometidas por las empresas europeas punteras desde el cambio de siglo. Así las cosas, resulta evidente que la orientación de los sectores productivos a cuestiones cerebrales —pace Richard Florida— nada tiene que ver con la contratación de intelectuales para así lanzar mejor la enésima campaña de marketing parasitaria de los movimientos contraculturales. Los community managers son carne de cañón, nunca vanguardia. Llegan cuando toda la maquinaria logística lleva eones puesta a punto.

En cuanto a los mitos contados sobre las pymes como musculatura de cualquier economía saludable, el hecho de que los primeros países a la cabeza del trabajo en pymes sean los primeros cadáveres de la economía financiera (Grecia, España, Portugal) debería resultar más que suficiente para diagnosticar los límites y los sesgos de quienes realizan su plegarias diarias en dirección hacia el emprendizaje individual como hacen los alemanes. Sobre este último punto, la llamada a medir nuestra estatura con las potencias del continente, conviene reproducir aquí las perspectivas empresariales que tenían nuestros queridos alemanes hace una década, solo sea por recordar aquello de primero como farsa y después como tragedia (¿o era al revés?):

«El Informe sobre Alemania del año 2003 concluía diciendo: “Los alemanes, en comparación con la población adulta de otros países, parecen muy pesimistas con respecto a las oportunidades de crearse en el futuro una posición como trabajadores por cuenta propia; tienen, en comparación con los demás, mucho miedo a toparse con un fracaso”. Y, ciertamente, es imposible no darles la razón. El número de empresas en quiebra ha crecido en Alemania, entre 2002 y 2003, un 50 por 100 respecto a 1995. Con la crisis del año 2000, se produjo un aumento impresionante, que elevó, solo en el año 2003, los casos de empresas de distintos tamaños que presentaron solicitudes de quiebra a la cifra de 39.320, mientras que el valor de las declaraciones de insolvencia, incluidas las de los consumidores, ascendió en el mismo año a cifras cercanas a los 30.000 millones de euros.»

Que decir tiene que el trabajo logístico, salvando algunos cuadros técnicos superiores, está muy lejos del imaginario idílico del brave new world, por mucho que intuyamos que la precariedad sigue siendo algo común tanto a los becarios del departamento de Filosofía como a los estibadores cuya suerte les depara a vivir atados a la trazabilidad y el just on time. «Un experto en logística fue de visita al Cargo Center del aeropuerto Kennedy de Nueva York en pleno boom de la new economy y le preguntó al director general: “¿Cuánto tiempo se quedan trabajando aquí sus peones de almacén?”. La respuesta fue: “No más de un mes de media, señor. Si después de un mes todavía están aquí, significa que son tan incapaces de encontrar un puesto mejor que me conviene echarles. O bien, si después de un més están todavía por aquí, quiere decir que roban y a mi me conviene despedirles por precaución.”»


En suma, un libro de hoja perenne dichosamente recomendable para oxigenar nuestra ideas acerca de la economía que hemos tenido el destino de padecer. Una apuesta fabulosa por comprender qué pasa cuando siguen echando Los tiempos modernos, los pensadores de la República de Weimar aguantan el juicio del tiempo, por mucho que digan los publicistas del trabajo inmaterial, cognitivo o llámalo X.

[Publicado originalmente en Culturamas. 25 de noviembre de 2013.]