7 de septiembre de 2014

Llámalo XXX. Así funciona la censura interna en el discurso público de Podemos.

Yo soy amigo de Podemos, pero más amigo de la verdad, y más amigo aún de la discusión. Por ese motivo escribo esta crítica que pretende ser clara y constructiva, yo que estoy con un pie dentro y otro fuera, para que los que están fuera sepan cómo funciona la censura interna en el discurso público del partido, y para que los que están dentro entiendan las dudas que genera la creación de eufemismos para alimentar una propaganda que no propaga verdaderamente nada. Nunca. A nadie.
      En una entrevista para la radio del Estado Mental, mi hermana se sorprendía de que la palabra ‘feminismo’ no apareciera ni una sola vez en el programa de Podemos para las últimas elecciones europeas, teniendo en cuenta el perfil claramente feminista de algunos de sus puntos, como es el caso del punto 3.8 donde se habla de despatologizar la transexualidad y garantizar el derecho a cambiar de sexo «medicamente y/o civilmente».
      Dejando de lado que puede haber más sexos de los que reconoce esta formulación del transexual como alguien a caballo entre dos aceras, que suponemos que por definición serán lo masculino y lo femenino, sin tener en cuenta el espectro genético y anatómico intermedio estudiado por Fausto-Sterling; y dejando de lado que el verdadero problema del cambio de sexo civil no es el sexo que aparece en el DNI, sino que el sexo aparezca en el DNI, que el sexo sea una razón de Estado en España como la raza lo es en la República Dominicana, donde hasta los negros como la noche poseen un documento acreditativo que asegura que son mulatos, no vayan a tomarlos por vagabundos en una sociedad tan racista que oficialmente solo reconoce ese color de piel a un 11% de la población, aunque resulte evidente que hay muchos más negros, pero es vox populi que viven todos en Haití y son pobres; dejando de lado estas menudencias, mi hermana parecía conforme con el espíritu del Círculo Feminista de Podemos, a pesar del silencio que hubo sobre el tema de la prostitución y de la autodefensa contra los machirulos por razones de agenda política, y pensaba que la ausencia del término ‘feminismo’ en el programa electoral europeo no era algo premeditado.
      ¡Qué equivocada estaba! La semana pasada asistió a una sesión de la Escuela Itinerante de Verano de Podemos en la Facultad de Filosofía de la Complutense (¡hay que ver cómo les gustan las mayúsculas a estos políticos!) donde Clara Serra y Clara Serrano, miembras del Círculo de Análisis, defendieron que había que eliminar el término ‘feminismo’ del discurso público de Podemos porque es un término perdido que genera muchísimo rechazo. Según las Claras, hay que sustituirlo por la palabra igualdad. Curiosa forma de renovar el discurso, eliminar una expresión que significa tantas cosas en la historia de las luchas de género, más aún si se escribe feminismos en plural, teniendo en cuenta la herencia pero también la diferencia que media entre Olympe de Gouges y Beatriz Preciado, y sustituirla por la palabra estrella del feminismo liberal tradicional: la igualdad.
      Una igualdad que puede entenderse como igualdad de oportunidades o como igualdad de resultados, la equality rollo Temkin o la priority rollo Parfit, aunque dudo mucho que los militantes de Podemos tengan tiempo de meterse en estas honduras filosóficas, tan atareados como están con propagar la palabra en Twitter. Una igualdad que no vale nada si no se matiza que vivimos en una sociedad patriarcal donde las violadas “van por ahí provocando”, las madres cometen el error profesional de perpetuar la especie y no hay marcha atrás para las preñadas involuntarias. Se tienen que joder. Y para eso vale el feminismo, para darse cuenta que no queremos la igualdad, sino el trato preferencial a las mujeres, para que puedan llevar con mayor dignidad las putadas del dimorfismo anatómico, que hace que mi hermana sangre una vez al mes.
      Esto, atareados militantes de Podemos, se llama prioritarismo. ¿Una palabra demasiado larga y rara como para incluirla en el programa? No creo. Allí se habla de despatologización, que son siete sílabas, y de transexualidad, que son cinco. Dos versos de haiku. ¿Y qué significa exactamente «despatologización de la transexualidad»? La transexualidad no se puede despatologizar porque ya está despatologizada y el despatologizador que la despatologizó buen despatologizador será. Léase el DSM-5. Así pues, ¿el programa electoral de Podemos puede prometer y promete cosas que son una realidad cantante y danzante con palabras propias de un trabalenguas pero no puede llamar feminismo al feminismo porque llamar a las cosas por su nombre genera rechazos? Así cualquiera cumple con las promesas.
      Según mi hermana, realizar este juego de manos implica retroceder varias décadas en el proceso de liberación de la mujer como sujeto político que tiene una voz propia en lugar de parasitar de quienes quieren hablar por ella. Según las Claras, mi hermana es una estalinista: «Es lo mismo que nos dicen los del Partido Comunista. Que los de Podemos no podemos ser marxistas porque no hablamos de la lucha de clases y de la dictadura del proletariado. Pero son solo palabras. Lo importante es disputar el sentido común.» El sentido común: ecce lema. Desde los tiempos del empirismo anglosajón ilustrado no se ha visto un culto al common sense cómo éste que profesan los filósofos y politólogos que forman el cogollo de Podemos. Cosa rara en una universidad como la Complutense donde el estudio de la filosofía política analítica brilla por su ausencia. Háganme caso, que estoy matriculado en el doctorado. A diferencia de lo que pasa con Rawls, aquí las intuiciones preteóricas no permiten contrastar los principios morales abstractos para alcanzar un equilibrio reflexivo entre las máximas y los casos concretos. No, aquí el sentido común no es el principio corrector de nuestra opinión sobre lo bueno, sino una versión para dummies de los lemas excogitados por los cráneos privilegiados de la cúpula del partido, lo que en la cabeza de Iñigo Errejón suena como el «bloque social-popular hegemónico según Laclau», en la de Juan Carlos Monedero como el «amor insensato del pueblo» contra sus tiranos y en la de Luis Alegre simplemente «la casta». Ya lo decía el capítulo cuarto de la Fenomenología del espíritu: el amo piensa en las cosas mientras el esclavo piensa en el amo. Toda esta operación de embutido se realiza citando a Gramsci, el hada madrina de todos los manipuladores de la comunicación metidos a divulgadores de la tradición marxista, que la vulgarizan hasta volverla irreconocible. Y sin embargo, los Cuadernos de la cárcel señalan:

«la filosofía de la práctica no tiende a mantener a los “sencillos” en su filosofía primitiva del sentido común, sino, por el contrario, a llevarlos a una superior concepción de la vida. Afirma la exigencia del contacto entre los intelectuales y los sencillos, pero no para limitar la actividad científica y mantener una unidad al bajo nivel de las masas, sino precisamente para construir un bloque-moral-intelectual que haga políticamente posible un progreso intelectual de masa».

      La estrategia de utilizar todo el rato eufemismos para hablar de las mismas cosas de la izquierda madrileña de siempre ante un público más amplio me recuerda a aquellos países poscomunistas donde lleva gobernando la misma persona desde 1990 bajo distintos nombres de partido. Islom Karimov se ha presentado a la presidencia de Uzbekistán con el Partido Comunista, con el Democrático Popular y con el Demócrata Liberal, ganando en todas las ocasiones con porcentajes superiores al 85%, como la lista de Pablo Iglesias (aka PI, aka π) en las primarias de Podemos. ¿Y qué decir del presidente perpetuo [sic] de Kazajistán: Nursultán Nazarbáyev? Pero no son siempre los hombres los que hacen a medida el partido, sino el partido el que hace a veces a medida a los hombres: π es más moderado desde que es diputado (repasen el momento de la entrevista que me concedió antes de montar Podemos en que considera la posibilidad de sacar a los tanques a la calle para acojonar a los mercados, ¿suscribiría hoy esas palabras?) y no todos los eufemismos son gatopardianos. No todo cambia para seguir todo igual. Algo se pierde en el ejercicio de la traducción. Englobar el derecho a abortar bajo la categoría de igualdad supone ignorar que no hay realmente nada que pueda igualarse al hecho de quedarse preñada sin quererlo. Judith Jarvis Thompson lo comparó a estar unido a un violinista por un cordón umbilical, pero la analogía falla, porque yo no abortaría a Sarah Chang y sí a un feto de cuatro semanas, si pudiera tenerlo en primer lugar. Hablar aquí de igualdad (¿acaso las que no pueden abortar no son completamente iguales en su impotencia?) es simplificar las palabra sin necesidad. Omnia mors aequat.
      Y digo bien, sin necesidad. ¿El feminismo genera rechazos? Decídselo a los millones de espectadores del show de Beyoncé en la última gala de la MTV que contemplaron extasiados la palabra feminist sobre unas imágenes patéticas de su hija siendo feliz con Jay-Z. Mi objeción sería justo la contraria: el feminismo genera muchísimas, demasiadas simpatías. Cuando Playground considera que Beatriz Gimeno, Filósofa Frívola y los coños sin depilar de American Apparel son la misma noticia, cuando feminismo significa cualquier cosa desde Anaconda de Nicky Minaj hasta las brujas de Silvia Federici, cuando la teoría queer carece de teoría del Estado, entonces todo está perdido. O ganado. Sea como fuere, el feminismo no necesita de Podemos, aunque sí viceversa. El deplorable espectáculo de caricaturas que dio π  cuando asumió la voz de una «treinteañera vital» en un discurso inaugural de Fort Apache podría evitarse la próxima vez si π escuchara otro disco que no fuera Pasión de Talibanes, si π viera otra serie que no fuera Juego de Tronos, si π ojeara otro libro que no fuera Teoría King Kong, el panfleto de género preferido por nuestro primum inter pares, pues el príncipe de Podemos sospecha que ser feminista consiste básicamente en saber estar buena. Como indica en Maquiavelo frente a la gran pantalla:

«Lolita, como mito sexual casi universal, ejemplifica la condición de subalternidad de las mujeres, pero también representa una vía de recuperación de la autonomía. [...] El personaje de Kubrick, mujer objeto creado por la mirada, es consciente de lo que representa y del deseo que provoca, pero no deja de buscar su autonomía con las armas de que dispone. [...] Por eso defenderemos que la Lolita de Kubrick no es el objeto pasivo de las ensoñaciones de un pedófilo, sino una mujer joven que utiliza el único instrumento de poder a su alcance, su belleza, para ganar su libertad de elegir.»

            Lo mejor llega cuando teclea ‘Lolita’ en Google:

«Lo que aparece, básicamente, es porno para varones heterosexuales basado en un modelo hipersexualizado de belleza femenina juvenil-adolescente. Las lolitas de nuestra cultura popular que ejemplifica la pornografía son adolescentes sexualmente desarrolladas. Su hipersexualización responde obviamente a la heteronormatividad que se ha hecho hegemónica, pero ello no se debe a Nabokov, sino, como vamos a ver, a la película de Kubrick.»

      Rebobinemos. Según π, Shasha Grey es un modelo de empowerment. Como dijo el barquero, las niñas bonitas no pagan dinero: militar en Podemos está bien, pero hacerlo en Pornhub.com mucho mejor. Visto lo visto, ¿soy el único que se pregunta por qué Podemos no defiende los derechos de las obreras sexuales (y de los obreros: véase Lolito de Ben Brooks), no sólo de las porn stars, las que aparecen delante de la cámara, las que inflaman el espíritu y otras cosas, sino también de las invisibles que se hacen la calle? ¿O es que de la prostitución, igual que de Lord Voldemort, de la dictadura del proletariado y del término feminismo, mejor ni hablamos?

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